miércoles, 21 de mayo de 2014

Atrapada en la rutina

Iba en mi paseo matutino: el viaje en bus desde casa a la Universidad.

Esos momentos están llenos de inspiración camuflada; los pensamientos dan piruetas entre cosas importantes, sin siempre saber que lo son. 

Las mañanas son un sorbo de realismo, hay un plan que cumplir a lo largo del día; lugares a los que tengo que ir, tareas por completar, horarios que seguir. 


El titubeo o procrastinación se ven aplazados a otras horas del día, las mañanas son para dejar correr el programa que con mis decisiones he ido componiendo; ese programa me dice que debo despertar y prepararme para salir a recibir clases, me recuerda que yo decidí estar ahí. A veces parece que es algo automático, pero el programa no corre sino en base a las decisiones que he tomado.



Rutina, rutina, rutina...


Al ser repetitiva, tiene el poder de hacernos olvidar para qué sirve o hacia dónde nos está llevando. Toda rutina nos lleva hacia algún lugar, aunque en el día a día puede parecer que no nos movemos. 

Por mucho tiempo fui parte de los que odian la rutina; sentía que me atrapaba, que me impedía hacer lo que realmente quería, cuando quería hacerlo. Reconocía que se necesitaban rutinas, alguien debe estar atendiendo el supermercado cuando yo necesito comprar comida, ¿no? 
Simplemente no creía que la rutina fuera para todos; especialmente, definitivamente no para mí. 

Pero evaluemos brevemente la posición contraria a tener una rutina: no tenerla. 


¿Qué hacer si no tengo nada que hacer? 


Admito que los primeros días sin rutina son muy, muy agradables, uno puede dormir más y “perder el tiempo” sin sentirse culpable. 
Pero y qué pasa después de unos días, tal vez meses, ¿seguirías feliz con tu vida sin rutina? Por experiencia te respondo: NO. Las cosas van perdiendo el sentido cuando no hay relevancia en lo que hacemos. 
Es que en cada persona hay un deseo intrínseco de darle valor a sus días, y eso no es posible sin un poco de planificación y seguimiento (rutina).

La verdad es que durante los primero años (bueno, son varios más que solo los primeros) de nuestras vidas no tenemos opción, debemos ir a la escuela y colegio por obligación. No sabemos bien para qué, pero nuestros papás y familiares nos dicen que es algo bueno y necesario, y la sociedad lo enfatiza. Creemos en ellos y aceptamos, aun no estamos listos entonces para saber y decidir lo que es mejor para nosotros.

Uno sigue creciendo y ganando autonomía, pero nuestra exquisita libertad se ve opacada por lo que la sociedad nos sigue dictando que debemos hacer, no somos tan libres como pensábamos, hay un modo de ser si queremos ser aceptados. 
Se supone que cuando uno termina el colegio debe entrar a la Universidad, y eso hace la mayoría, después de todo, eso es lo correcto, ¿no? 

El problema está cuando decidimos hacer algo solamente porque todos parecen estar de acuerdo en que esa es nuestra mejor (¿única?) opción. Ante toda la influencia, no nos adueñamos de ese tipo de decisiones, y por lo tanto no nos responsabilizamos de la disciplina que implica elegir algo. Lo siguiente: sentimos que la rutina nos atrapa.

Nuestras decisiones deben ser personales, o seremos presos de sueños ajenos (viviendo según de lo que otros quieren que vivamos). Es bueno escuchar consejos y opiniones, pero al final de cuentas uno debe estar convencido por su propia cuenta de qué es lo que quiere.

Entonces, yo sé que mi rutina es mía porque yo decidí tenerla, y si no me gusta soy libre de dejarla cuando quiera (aceptando las consecuencias), en realidad sé que no tendré la misma rutina toda mi vida. 
Cuando me aburre mi rutina recuerdo que yo decidí quedarme, y decidí hacerlo con mis 5 sentidos, dando todo de mí en hacer de cada momento el mejor.

Pienso que el lugar dónde más tiempo pasamos (el lugar de nuestra rutina) es donde más impacto podemos tener y dónde más se mostrará el tipo de persona que somos. 

Así que disfrutaré de mi rutina; yo misma escribí el programa; y daré todo de mí, porque dar menos que eso cuenta como mediocridad. 


Disfruten su rutina (o déjenla, pero sean coherentes con sus decisiones).


Desde acá,
Anita 


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