viernes, 12 de diciembre de 2014

Por qué ser un anormal

6.30 de la tarde. Las vueltas que doy por la ciudad convencen a mi mente de dar sus propias vueltas, se lo permito.

Las cosas se ven como siempre: el tráfico pesado de esa hora, gente de aquí para allá, múltiples rutinas en progreso. Miradas que hablan, otras que están mudas. Necesidad alrededor y gente que tiene de sobra.

¡Tanta gente! Levantar la mirada al cielo sería la única opción para no verlos; ese azul que de a poco se enfría, esas nubes que se dejan llevar por el viento.


Pero el cielo dice algo más, me cuenta de la grandeza de quien los creó, de quien creó todo y nos sigue cuidando. Me dice que no puedo ser indiferente a lo que pasa alrededor, porque el mandato de amar que Dios nos dejó, me involucra. No puedo llamarme cristiana y ser solo espectadora.

En medio de un sistema quiere que busque solo mi propio beneficio, sé que la vida cobra sentido cuando doy.

¿Les parece anormal? ¡Entonces quiero ser anormal! Dios me amó, y mi vida entera se la daré en gratitud. Puedo reflejar su amor porque me llenó por completo. Mis talentos, habilidades y todo el conocimiento que pueda adquirir, son herramientas en Sus manos.
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